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domingo, junio 26, 2011

La reina no pudo empeñar sus joyas. ¿Cuánto costó descubrir América?

Con esta resolución tiene contacto la conocida historia de que la reina ofreció empeñar sus joyas para pagar los gastos de la expedición de Colón a América. Santángel se opuso a ello, alegando que semejante rasgo no era necesario. La credibilidad de este pasaje padece mucho por el hecho de que la reina las tenía ya empeñadas con anterioridad para rescatar la ciudad de Baza. Por lo demás, esto de que el monarca empeñase la ropa ocurría cada dos por tres. Ya lo hemos visto atribuido a Enrique III, y el propio Carlos I vendió unos zapatos de su mujer cuando enviudó.

¿Cuanto costó descubrir América? Según Caddeo, dos "cuentos", o sea, dos millones de maravedís, que vienen a ser unos cincuenta millones de pesetas de 1992, sea dicho con absoluta inexactitud. ¿Quién los proporcionó? El converso citado Luis de Santangel adelantó 1.400.000 maravedís en compañía del genovés Francisco Pinelo. Colón puso medio millón según Las Casas, o "la meytad del gasto" según dice en su memorial de agravios posterior; difícil es concretarlo. ¿De dónde lo sacó? Aún siendo imposible discernir exactamente quién le prestó dinero y en qué cantidad, pudo provenir éste de sus relaciones comerciales con casas genovesas, de su amiga doña Beatriz Enríquez de Arana y de los Pinzón, y lo más fácil es que en diversa cuantía entrasen todos en la suma.

En este punto conviene situar brevemente en su justo lugar la intervención del rey Fernando el Católico en la preparación de la empresa y, de rechazo, toda la actuación aragonesa en ella. Ha sido un tópico frecuente el de poner en contraste en general el presunto idealismo de Isabel con la reserva fría de su esposo; al aplicar esta falsilla a la gestación del descubrimiento, ha venido a resultar que la soberana fuese protectora decidida de Colón, y don Fernando remolonease mirando solamente el gasto, la dificultad o el cariz fantástico de la iniciativa. No ha tesis más inverosímil que ésta, porque lo cierto es que si el Rey Católico se hubiese mostrado adverso al proyecto, ésto o no habría cobrado existencia en absoluto o lo habría hecho tras dificultades mayores.


Fuente: Historia Inaudita de España. Pedro Voltes.

sábado, enero 30, 2010

Cuatro tocayos de cuidado



Una de las figuras más escandalosas de la época es, precisamente, ese Don Juan Manuel...justamente el autor del Conde Lucanor o del Libro de las almas, Libro de las maneras de amor y un largo etc. Incorrectamente llamado a menudo infante como si fuese hijo de rey. Era nieto de rey, por serlo de san Fernando0, padre de su progenitor, el infante don Manuel, hermano de Alfonso X. Causa primero estupor que semejante persona tiempo de cultivar la literatura, metido hasta el cuello como estaba en trapacerías, viajes, guerras y la rapiña de todos los bienes que se le pusiesen a mano; después de aquel asombro inicial, aturde que tamaño bellaco se especializase en  un género didáctico, moralista, prudente , sosegado.

"Contemporáneos suyos -escribe Carnicer- fueron otros tres Juanes, los tres de muchísimo cuidado." Vamos comprobarlo. Fue el primero el infante don Juan, hijo del Rey Sabio, a cuya corona aspiraba también para no ser una excepción. Rivalizó así con su hermano Sancho IV y lo incomodó tanto como entre los dos habían inquietado a su padre. Intrigó con Portugal, trató luego con don Alfonso de la Cerda y se cubrió finalmente de ignominia al pasar a Marruecos y sumarse al asedio de Tarifa que tenía en curso el rey moro.

La plaza estaba defendida -como todo el mundo sabe- por Alonso Pérez de Guzmán y el famosísimo chantaje de conminarle a rendirla a cambio de la vida de su hijo, que estaba prisionero de don Juan, fue ocurrencia de éste, y no de los moros. De esta joya de hombre fue hijo otro de los Juanes que indico, llamado cariñosamente Don Juan el Tuerto, que fue cotutor de Alfonso XI. El apodo alude a que era contrahecho . En cierto momento de las fluctuantes amistades y enemistades dentro de esta cuadrilla, se concertó la boda del Tuerto con una hija de Don Juan Manuel, llamada Constanza, que era niña aún.

Para evitar esta colación el propio rey Alfonso XI salió al quite ofreciendo casarse con la niña Constanza. Como era natural, esta propuesta prevaleció sobre la alianza con el Tuerto en el ánimo de Don Juan Manuel, y las bodas se celebraron en la confianza de que el Papa dispensaría los impedimentos.

El novio rechazado creció en su encono contra el rey, urdiendo conjuras con medio mundo, y -¿qué se le va a hacer?- no hubo más remedio que expulsarlo de esta vida. Don Alfonso XI, lo atrajo astutamente a la ciudad de Toro con promesas varias, y le invitó a un banquete, que fue el último para él. Junto con algunos de sus fieles fue asesinado expeditivamente. Más tarde, doña Constanza fue repudiada y el que se enfadó fue don Juan Manuel, el cuarto de esos prohombres.

Don Juan Núñez de Lara era señor de Albarración y pugnaba con la familia de los Haro por dominar la voluntad de Sancho IV. El infante don Juan era yerno de don Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya. Dentro de un remolino de confabulaciones y maniobras, Sancho IV citó al suegro y al yerno en Alfaro, y no debieron de valorar positivamente -como se dice ahora- sus mutuas relaciones, porque don Lope fue asesinado en la misma cámara real por el propio soberano, y el infante don Juan salvó la vida porque se interpuso doña María de Molina.

Con la historia de estos personajes está enhebrada la de otro perillán que en su tiempo causó muchas preocupaciones. Era el príncipe don Enrique, hermano de Alfonso X. Cuando ya reinaba el nieto de éste, Fernando IV, le llegó en Sevilla la noticia de haber puerto el anciano pariente y, según dice la Crónica, "ovo el rey muy grande plazer, e fizo fazer grand alegría a todos los que eran con él". Se supo luego que no, que todavía estava vivo, y "ovo muy grand pesar el rey, e dejaron de facer la alegría que facían". Este mismo equívoco padeció don Juan Manuel, que era heredero de don Enrique, y corrió a su lecho de muerte en Roa para hacer efectivos sus derechos. Le encontró todavía vivo, pero como no era cosa de volver otro día, "tomóle cuanto le falló en la casa, plata e bestias" y se lo llevó, faltaría mas.

Este don Enrique es llamado el Senador, porque lo fue nada menos que de Roma, donde lució mucho su talento político. Antes había vivido y prosperado entre moros. Estando en Túnez, tuvo no sé qué diferencias con el rey, y éste lo invitó al palacio real, le dió conversación en un patio y se alejó luego con una excusa. Entonces mandó echarle a don Enrique dos leones, y éste, según parece, guardó tan majestuoso continente y los miró con tanta severidad que los leones se humillaron. El tunecino no desistió empero de quitárselo de encima por varios estilos, y a la postre, le embarcó para Italia, donde nuestro compatriota se lució tanto, aparte de veintiséis años de cárcel que tuvo que pasar allí. De regreso a Castilla, viejo pero no cansado, no cejó hasta que le fue adjudicada la gobernación del reino durante la minoría de edad de Fernando IV, aquel que festejaba la noticia de su muerte. 

jueves, enero 28, 2010

Las maniobras de Fernando el Católico.

Un poco más historia, de época turbulenta y además uno de mis pasajes favoritos, por desgracia poco conocido y condenado al olvido por esta obsesión por olvidar nuestro pasado.

Existen decenas de libros patrióticos que se gozan en repetir la frase atribuida a Fernando el Católico: -¿Que el rey de Francia dice que le he engañado una vez? ¡Mentira, le he engañado diez!-. En realidad, la frase, de ser cierta, sólo podría llamar la atención a un lector cándido. Pongámonos, empero, al nivel de los ingenuos para verles aplaudir semejantes confesiones, al tiempo que todos los países de la Tierra son acusados de falsía, egoísmo y rapacidad por nuestra historia tradicional.

En la España de 2010, cuesta creer que durante dos siglos estuvimos causando preocupación y zozobra al mundo entero. "Yo soy el moro contra quien se arma el Rey Católico", gemía el rey Luis XII de Francia, receloso de que el poderío de Isabel y Fernando no se estaba consumiendo solamente en la defensa de la cristiandad. O, en otras palabras (éstas de Braudel), que el convertirse en campeón de la cruzada traía cargas a la corona española, pero también privilegios y ventajas. "La guerra contra el infiel fue pretexto para conspirar constantemente contra los vecinos", escribe Walter Starkie.

Objeto de esta conspiración permanente es el dominio de Italia, juego perfecto de las cuatro esquinas -España, Francia, el Papa y el Imperio- en el cual los italianos intentan tenazmente participar aprovechando cualquier distracción de "los grandes". Este planteamiento se ve claro en los primeros años del XVI, cuando Venecia es barrida de la gran política por el acuerdo de aquéllos, y sólo volverá a levantar cabeza cuando ellos se dividan y Francia saque los pies del plato y se enfrente con el Papa.

En tal punto, Fernando el Católico "marca" a Francia moviendo un nuevo jugador: su yerno Enrique VIII de Inglaterra, casado con Catalina de Aragón (por el momento). El consuegro del Católico es el emperador y también se inhibe de apoyar a Francia. Ésta quedará, para abreciar, fuera del juego italiano durante varios lustros.

Aprovechando el mismo esquema internacional, el rey Fernando da curso a sus antiguos proyectos de anexión de Navarra a su corona, fundamentados en lazos familiares e históricos. El único obstáculo para dar forma política a estos vínculos consistía en la posible reacción francesa. Reinaba por entonces en Pamplona Catalina, de la casa francesa de Foix, casa con Juan de Albret. Fernando se combinó con los ingleses que tenían y deaban posesiones en suelo francés y requirió a los reyes de Navarra a que dejasen pasar a tropas angloespañoles que se dirigirían contra la Guyena. Francia y Navarra contestaron preparando un tratado cuyo contenido conoció Fernando antes que estuviese firmado, porque un cura llamado Juan de Pamplona le enteró de él mediante el cobro de una cantidad. El Católico ya no vaciló en encargar al duque de Alba que ocupase Navarra, lo cual efectuó en dos semanas.

Al propio tiempo, el Papa excomulgaba a los reyes Catalina y Juan, y el título de rey de Navarra era acumulado al trono de Castilla. Hubiera sido tomada también la actual parte francesa de ella si los ingleses que militaban con el rey Fernando no hubieran decidido súbitamente marcharse a su casa. Enrique VIII hubo de tragarse las recriminaciones de su suegro. De peor humor se puso aún cuando éste, porque le convino, firmó con Francia una tregua y luego la paz.

Fuente: Historia inaudita de España.

domingo, enero 24, 2010

La erótica muerte de Fernando el Católico

El 25 de noviembre de 1504 murió en Medina del Campo Isabel la Católica y el mismo día se encargó su viudo, Fernando, de la regencia de Castilla, de cuya corona había sido designada heredera su hija Juana. El Católico renunció al uso del título de rey de Castilla y tuvo inmediata conciencia de que un poderoso grupo nobiliario ponía sus esperanzas en la llegada del archiduque Felipe el Hermoso. Se repiten los títulos y los apellidos de las mismas gentes a as que hemos visto alborotar el país en reinados anteriores, y en concretísimo, figuran en la pandilla los perjudicados por la cancelación de las pródigas y frívolas donaciones efectuadas antaño a expensas del erario público.

En esta conspiración se entreveraron en seguida elementos extranjeros, como seguramente hubiera ocurrido también aunque el Hermoso no fuera parte integrante de ella y no llevase consigo la firma en blanco del emperador, su padre. Para desalojar a don Fernando de Castilla, este grupo se buscó la solidaridad con Francia. El emperador daba a su rey, Luis XII, la investidura del ducado de Milán y le ofrecía también vía libre para la conquista de Nápoles.

Es conocida la aguda y atrevida reacción de Fernando el Católico. En breve tiempo pactó su matrimonio con Germana de Foix, sobrina del rey de Francia, y el 18 de octubre de 1505 lo celebró por poderes. Los tratos previos eran bastante más gravosos para nuestro rey de lo que estaba acostumbrado a firmar, y daban a los franceses más dinero y más oportunidades de lo razonable. Hay que valorar, sin embargo, el acorralamiento en que el Hermoso y sus amigos de la nobleza castellana habían querido colocar a Fernando. Ballesteros sentencia:"Se trata de un casamiento producido por la razón de Estado. No procedió de ninguna inclinación hacia aquella princesa ostentosa, frívola, coja, sin excesivos atractivos, gran comedora y con marcadas tendencias a la obesidad".

Estas escasas gracias de su consortre y el peso de los años y de las fatigas inspiraron a Don Fernando la malhada idea de buscar en la farmacopea algún auxilio para sus facultades eróticas. Por lo demás, al rey, colérico por tantas ingratitudes y descortesías como estaba recibiendo, nada le habría divertido más que tener un hijo, legarle la Corona de Aragón y presenciar desde el cielo como el Hermoso llevaba Castilla a la ruina. En 1509, doña Germana parió un niño y, aunque sólo vivió unas horas, el mundo había temblado.

Los cronistas Anglería y Galíndez de Carvajal refieren que para conseguir de nuevo este efecto, el rey acudió al remedio popular de tomar un cocimiento de testículos de toro, en cuya eficacia tenían puestas todas las esperanzas, tanto don Fernando como su esposa. El preparado surtió un resultado adverso, puesto que el rey pasó a mejor vida. Era el 23 de enero de 1516. Un adivino había anunciado muchos años antes que don Fernando moriría en Madrigal (donde había nacido doña Isabel) y él se guardó muy mucho de poner nunca los pies allí. El lugar donde falleció se llama Madrigalejo.

Fuente: Pedro Voltes. Historia inaudita de España.


jueves, junio 11, 2009

Cuando navíos castellanos atacaron Londres.


Nuestro rey doliente Enrique III, había conseguido poner paz en sus estados y ejercer ascendiente sobre reinos como Francia e Inglaterra que se hallaban desgarrados por disensiones y guerras internas. Enrique IV de Inglaterra declaró la guerra a Francia. Los corsarios ingleses comenzaron a saquear Bretaña y Normandía en 1405. Francia carecía de poder naval, pero tenía en Castilla seguro apoyo. El rey de ésta dio orden de armar cuarenta naves y tres galeras. La crónica de la campaña subsiguiente es muy curiosa y la escribió Gutierrez de Games, quien nos cuenta cómo se escogieron los mejores soldados y marinos. La armada recibió toda clase de provisiones. Don Martín Ruiz de Avendaño obtuvo el mando de las naves y don Pero Niño el de las galeras. Éste fue, más tarde, conde Buelna. Era caballero bien nacido, muy visto del rey de CAstilla y distinguido en Berberia, Tolón y Marsella. Los dos comandantes, según las órdenes recibidas, debían concertar sus movimientos, aunque fuese difícil, porque, al anochecer, las galeras, a diferencia de las naves, debían arrimarse a tierra.

Ya fuese porque cada uno quisiese ir por su lado, como buenos españoles, o que los vientos o la casualidad los separasen, lo cierto es que no llegaron a encontrarse.  NIño pasó a la isla de Rez y en seguida a La Rochela, donde se le hizo una espléndida acogida. A quí aguardó a Martín Ruiz algunos días, y salió solo a la caza de ingleses. El condestable Carlos de Albret reforzó la escuadra de don Pedro con dos chalupas ligeras guarnecidas de arqueros y ballesteros franceses. Con este refuerzo se puso en marcha. Al no encontrar vela inglesa ni gascona, se llevó los bueyes y carneros que halló en la costa, hizo prisioneros, puso fuego a las mieses, incendió ciento quince casas enfrente de Burdeos, y volvió en seguida a La Rochela. El haber penetrado en un sitio antes inaccesible a las galeras enemigas, y haber saqueado partes extensas y pobladas fue mirado como un hecho de armas que hacía mucho honor a los españoles. 

Una tempestad dispersó las galeras de Niño y Carlos de Albret en el canal de la Mancha. La crónica, al describir los blancos acantilados de Dover, dedica a los ingleses un capítulo que se titula "Cómo son los ingleses diversos y contrarios a todas las otras naciones cristianas".

Por fin los vientos se apaciguaron, con lo que la expedición pudro reconocer Cornualles. Tras apresar algunos pescadores y obtener las informaciones necesarias. Pero Niño desembarcó con ánimo de atacar una ciudad que su crónica llama Chita, situada a la vuelta de una montaña con todas sus calles que salían al mar. Tendría unas trescientas casas habitadas por mercaderes y pescadores. Franceses y españoles mataron o hicieron prisioneros a cuantos se resistieron y luego saquearon y abrasaron la población. Pero Niño, seguido de Carlos, fue a otros litorales, y sabiendo que no estaba lejos de cierto lugar llamado Pool, quiso aprovechar la ocasión de vengarse de un caballero inglés que había sido el terror de mercaderes españoles y franceses, "Arripay" era el nombre de este personaje que resulta ser Henry Paye, corsario que había extendiddo sus correrías hasta las costas de España. Había incendiado Finisterre y Gijón, llevándose el crucifijo de Santa María de la primera.

Don Pero Niño, según su costumbre, sólo desembarcó una partida de su gente. Los habitantes huyeron, pero luego volvieron con un cuerpo de soldados ingleses que lanzaron una nube de flechas contra los españoles. Al ver Niño que sus desembarcados corrían peligro, saltó a tierra con el resto de su gente llevando consigo la bandera y prorrumpiendo en gritos de "¡Santiago!, ¡Santiago!". Los franceses se unieron a los españoles, y juntos batieron a los ingleses, quienes dejaron el campo sembrado de cadáveres, entre los cuales se contaba un hermano de Paye. Los españoles, por su parte, tuvieron que llorar la muerte de una valiente oficial. Juan de Murcia.

Niño supo por los prisioneros que los de Gales se habían levantado contra el rey de Inglaterra. Pensó en aprovechar ocasión tan favorable para penetrar en el país y recoger muchas riquezas. Quiso ir hasta Londres por el Támesis, y parece que llegó hasta Greenwich. Después de haberse gozado con la vista de Londres, se hizo a la vela para la isla de Wight, donde desembarcó, trabó algunos combates y volvió a Francia.

Nuestro compatriota estuvo invitado en Ruán, por el que había sido almirante de Francia Argnault de Trie, ya anciano, quien le tuvo en su mansión refinada y suntuosa, entre sones de arpa, susurro de sedas, tintineo de vajillas y cloqueos varios de trovadores, todo aparejado por la señora de la casa, joven, hermosa y soñadora. Apenas habían empezado a cruzarse las miradas la bella y el castellano, cuando murió el almirante. La viuda ya no recató su pasión, don Pero Niño proclamó su ardor, se prometieron y, para guardar algún luto, acordaron que el español volviese a fastidiar una temporada a los ingleses. Así lo hizo atacando con éxito a su flota ante Calais y desembarcando luego en la isla de Jersey.

Se disponía a pasarla a sangre y fuego, cuando llegó un parlamentario pidiendo merced y recordando, entre otros argumentos ad hoc, que la reina de Castilla era la inglesa Catalina de Lancaster. Don Pero Niño les pidió diez mil monedas de oro y un tributo anual,  y sus genes y los franceses saquearon lo que pudieron.

Aquí puede acabar este perfil del marino español que con sus barcos subió hasta Londres, página digna de mayor trompetería que otras. Echemos, en cambio, un velo sobre su falta de formalidad con la viuda de Ruán, porque no hubo casamiento. Don Pero Niño se limitó a enviarle un escudero para devolverle los regalos y anunciarle la ruptura de su promesa. Peor podía haber quedado, porque hay quién ni siquiera manda aviso.

Escrito por el sr. Voltes allá por el año de nuestro señor de mil novecientos ochenta y cuatro. 

* por cierto que la foto es de la Torre de don Pero Niño, situada en San Felices de Buelna -Cantabria- se encuentra a medio camino entre los pueblos de Sovilla y Llano. Ahora es un museo que recrea la época y la vida de don Pero Niño.

* un último por cierto, pongo el enlace de la biografía de don Pero Niño en Wikipedia.

martes, junio 02, 2009

La bella Cristina de Noruega.


Era joven y hermosa; se la supone alta, rubia y seductora; era princesa y acaudalada. Vino de Noruega a casarse con un infante de Castilla. Trajo de cabeza a Jaime I de Aragón. Se llamaba Cristina. Vivió solo cuatro años, después de su boda en 1255, y está enterrada en el monasterio de Covarrubias. Caravanas de turistas nórdicos acuden a visitar su sepulcro  y poner en él flores y banderitas. Su historia linda con lo increíble y rebasa la raya de lo raro y misterioso. La única manera de digerirla consiste en aceptar como punto de partida una honda comunicación entre España y el mundo escandinavo que, a fuerza de intimidad, excuse aspectos chocantes del comportamiento. Todo este asunto lo imprimió en 1919 nuestra Real Academia de la Historia.

En sustancia, el caso es que en 1256 desembarcó en un paraje de Noruega una embajada del rey Alsonso X de Castilla. Al mismo tiempo (la cosa queda en segundo término y no se sabe más de ella), regresó al país por otro puerto un eclesiástico noruego, llamado el presbítero Elías, que el príncipe heredero había enviado a España no se sabe a qué. El rey Haakon IV de Noruega recibió cordialmente a nuestra embajada y se enteró de su fausto motivo: que desde Castilla le pedían la mano de su hija, la princesa Cristina.

En tal punto, el lector puede escoger entre tres versiones de este trajín: una es rosada y romántica; la otra vodevilesca y sórdida, y la tercera deja tantos cabos sueltos que desafía la verosimilitud. Veamos pues.

La versión número uno está principalmente dedicada a los turistas escandinavos y a los enamorados de todos los países. Recitada por el guía de la colegiata de Covarrubias, declara que la princesa Cristina de Noruega vino de su tierra, se casó con el infante don Felipe, hermano del Rey Sabio, y murió cuatro años después. El viudo, inconsolable, se hizo fraile y acabó de abad de Covarrubias, a la vera del sepulcro de su amada. Una campana, cuya cuerda está hoy decorada con los colores de Noruega, se tañe en ocasión de esponsales y bodas para darles tanta firmeza como a este amor. The end.

Vamos con la segunda interpretación, donde Alfonso X merece el adjetivo de despabilado más que el de sabio. Casado el rey con Violante de Aragón, hija de Jaime I, impacientóse de no tener hijos de ella y arbitró mandar a Noruega -y ¿por quéa Noruega?, dirá usted- una embajada a buscarle novia, contando con anular el matrimonio mientras iban y volvían los mensajeros. 

Asó lo explica Zurita, partiendo de la crónica de don Alfonso. Lo malo, o lo bueno, según se mire, es que la reina Vionlante dio a luz mientras tanto a la infanta Berenguela. Siguieron más jornadas de agobio y ajetreo. ¿Qué hacemos ahora?, debían de repetirse los cortesanos, mientras iban acercándose la comitiva de la princesa. Una noticia optimista, que prepara soluciones, la vikinga es hermosa y atractiva. No faltará pues quien acepte casarse con ella. Varios hermanos del rey discuten por lograr su mano. Al fin, gana la partida el infante don Felipe, salvado el trivial inconveniente de que fuera abad de Valladolid y de Covarrubias y arzobispo preconizado de Sevilla. Un eclesiástico tan campanudo como éste es secularizado y contrae matrimonio con la bella noruega. ¡Para que alguien se sorprenda de que algunos clérigos de hoy aspiren al yugo nupcial!

Don Antonio Ballesteros, que no tenía nada de beatífico, comenta esta versión, sentenciando: "No se pueden acumular mayores desatinos en menos renglones". Por desgracia, su propio racconto abre muchas puertas a la incredulidad: resulta que lo que fue a pedir a Noruega la embajada del rey castellano fue la mano de la princesa para "alguno de los hermanos" de don Alfonso,  y Haakon IV dio a su hija, con riquísima dote, y la envió a España con más de cien acompañantes, sin saber con quién había de casar. Siguen las cosas raras: los capitostes de la comitiva determinaron desembarcar en Normandía y cruzar Francia, cuando lo fácil y rápido era seguir navegando hacia un puerto castellano. Más aún, después de saludar al rey francés, el cortejo se llega a GErona, que no cae de camino hacia Castilla, y acude a Barcelona, donde Jaime I recibe y colma de honores a la princesa y acompañantes con tanto mayor motivo cuando que el Conquistador no se da por jubilado en artes de amor, y se siente muy atraído con la gentil viajera a la cual insinúa su pasión. Tranquilicémonos: no habrá aquí un segundo Tristán, enamorado de la prometida de otro, y la seductora Isolda, sin copa hechicera por medio, se dejará conducir a la corte castellana, donde fueron incluso embajadores moros a cumplimentarla. Llegarán cartas de Jaime I que insiste en aspirar a su mano, y acabará por recibir calabazas solemnes, y tanto más dolorosas cuanto que el motivo es....por demasiado viejo.

Alfonso X, cuando hubo resuelto entre sus hermanos la trifulca que había levantado la aparición de aquella estrella polar, apoyó la secularización de don Felipe y le procuró un buen pasar, con la concesión de varios impuesto de Ávila y la de cuatro pueblos.

Parece que los esposos fueron a Sevilla (no es frecuente que el viaje de bodas se haga al lugar de donde el novio ha sido arzobispo) y que el clima no sentó a la hermosa noruega. Por lo demás, don Felipe volvió a casarse, inquietó a su hermano y agitó el reino, sin vacilar en aliarse con los moros de Granada y saltear caminos.

Toda esta historia, sea cual fuera la interpretación que se le dé, está enmarcada en el problema de la aspiración de Alfonso el Sabio al Imperio germánico. Para apoyarla, nuestro rey concertó una alianza bastante retórica, por lo demás, con Noruega, a la vez que aquel matrimonio. Con todo, ni esta alianza ni la pretensión imperial hubieran tenido base si no hubiera existido antes, como ya vamos viendo, mucha más comunicación entre España y el Atlántico Norte de lo que se lee en los manuales vulgares.

¿Bonito e interesante verdad? Esto es historia. Abstenerse de leerlo partidarios del sistema educativo español actual, porque esto si crea cultura.

Texto escrito por don Pedro Voltes en 1984.

* por cierto no lo he copiado con el copiar de windows, o algún tipo de escaneo. Me lo he tecleado para disfrutarlo más.